Por Juan Francisco Robles S.

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“No puede ser, pero es. El número de páginas de este libro es exactamente infinito. Ninguna es la primera; ninguna la última. No sé por qué están numeradas de ese modo arbitrario. Acaso para dar a entender que los términos de una serie infinita admiten cualquier número.” (De “El libro de arena”, J.L. Borges)

“Si la pieza está ordenada, la cabeza está ordenada”. Todavía recuerdo cuando mi madre, con su mezcla de rigor y ternura, me repetía eso con la esperanza de que algún día, yo tomaría la iniciativa de ordenar mi habitación sin que fuese necesario que ella me lo recordara. En el jardín infantil era lo mismo: cuando se acercaba la hora de salida, la profesora revivía el ritual de ordenar el espacio y los objetos en él. En ambos casos, el supuesto era el mismo y revela la profundidad y simpleza de cierta sabiduría tácita y tradicional: si habitas y vives en espacios ordenados, tu mente y tu ánimo también estarán ordenados. El orden es bueno; el desorden es malo.

¿Y, en general, quién podría negarlo? Es bueno que las cosas funcionen, que estén en su sitio. Es bueno que “la cabeza” esté también en su sitio: que no estemos atorados, que no tengamos pensamientos que nos atormentan, que no tengamos “pajaritos en la cabeza”, que pensemos con claridad y sentido de propósito.

Lo que vale para un espacio en que habitamos, debería valer también para un espacio abierto, como un parque. En un parque, esa sensación de que el orden es bueno se experimenta muy fácilmente en el que quizá sea uno de los parques más ordenados del mundo: el Jardin des Tuileries en el centro de Paris. El jardín, que separa el Museo de Louvre de la Place de la Concorde, es un lugar de paseo para parisinos y turistas, y se pueden ver estatuas de Maillol y de Rodin. Además, en el ala surponiente del parque, el Musée de l’Orangerie exhibe las obras de Monet, entre muchas otras. El Jardín de Tuileries es obviamente espectacular y acuna el tesoro invisible de los acontecimientos históricos y artísticos más importantes de Francia y de Europa.

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Fuente: https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/d/d0/L%27Air_by_Aristide_Maillol,_Jardin_des_Tuileries,_Paris_2011.jpg

 

Yo solía descansar, dormitar y leer ahí durante las primeras semanas de mi estadía de varios meses por motivos de estudio. El Jardin es simétrico y ordenado, extremadamente limpio, pulcro y perfecto. Tal como en la máxima que usaban mi madre y mis profesoras preescolares, la mente se aquietaba en ese sitio y todo parecía en orden.

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Pero después de la tercera visita, no fui más. Simplemente me aburrió. Ya lo había visto. Sentado en cualquier punto del parque se veían los mismos edificios, los mismos monumentos, las mismas calles. También había algo incómodo: la cuidada perfección del lugar hacía que yo sintiera mi propia presencia en él como una intrusión o un descuido. No podía pisarse el césped, no había que tocar las flores ni los arbustos con formas de animales logradas por pacientes jardineros. El sitio me hastió.

Ocho años después iba a recordar esa sensación, que para un francófilo sería un insulto, en un parque diametralmente distinto: el parque Andre Jarlan es limpio y suficientemente ordenado, pero no es pulcro ni artificial, y su topografía se caracteriza por la irregularidad del terreno. En ese parque, uno puede perder la referencia de las avenidas que lo circundan, puede perder de vista la zona de juegos, y puede tener la sensación de que es un parque ligeramente distinto cada vez que se lo visita, dependiendo de qué rincones exploró y en qué dirección dejó ir la mirada mientras divagaba.

Recordé por contraste esa sensación del aristocrático Jardin des Tuileries cuando una muchachita que entrevistamos con un compañero de estudios nos dijo que, aunque vivía al otro lado de Santiago, se las arreglaba para ir al menos una vez a la semana precisamente a ese parque. ¿Por qué? Porque en ese parque podía perderse, podía olvidar que estaba en la ciudad e imaginar que exploraba un cerro. Porque el parque era desordenado, enrevesado y cada uno buscaba en él lo que en ese momento quería.

En un parque, numerosos satisfactores pueden cubrir algunas de nuestras necesidades profundamente humanas. En un parque satisfacemos la necesidad de ocio mediante la curiosidad, la imaginación, los juegos o la calma. En un parque podemos divagar y distraernos, podemos fantasear, soñar, evocar o divertirnos. En un parque podemos encontrar privacidad, ambientes y paisajes.

Pero no en cualquier parque. Al menos yo no encontré mucho de eso en el Jardin des Tuileries. Allá todo estaba hecho, todo estaba pensado para ser perfecto según el criterio de alguien más; todo estaba prediseñado de un modo estático, prestablecido y cerrado, como si aquel diseñador centenario se hubiese propuesto que todos vieran y apreciaran lo mismo: la perfección y la grandeza de “la cuna de la civilización occidental moderna”.

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Por el contrario, en el modesto parque Jarlan (construido en homenaje a un “cura obrero” asesinado en dictadura, coincidentemente francés) tal vez es precisamente su imperfección, su irregularidad y asimetría la condición para que todos encuentren su propio parque.

Como un libro de arena -que al volver a abrirlo ya es otro libro porque su pavorosa magia ha recombinado las páginas, las palabras y las letras- un parque irregular y asimétrico contiene tantos parques como visitantes recibe.

En un parque que –intencional o casualmente- es producto de un diseño abierto, además del ocio se puede experimentar la libertad.

Si la pieza está ordenada, la cabeza está ordenada. Cierto. Pero si la pieza es infinita, tú eres un explorador, un ensoñador; eres libre. Al menos por un momento.

 

 

Juan Francisco Robles S.

Consultor y profesor universitario en Psicología del Trabajo y Las Organizaciones, Desarrollo Organizacional e Innovación. Universidad del Desarrollo y Universidad Católica Silva Henríquez.

Cursando Magister en Diseño Avanzado, Pontificia Universidad Católica de Chile

Máster en Psicología del Trabajo, Las Organizaciones y los Recursos Humanos, Université Paris V-Universitat de Barcelona.

Psicólogo PUC.

juanfrancisco.robles.sanzana@gmail.com