Texto & fotos: Uri Colodro G. @ur1992

 

 

Con apenas 23 años una serie de acontecimientos se alinearon para darme la posibilidad de vivir solo. Recién salido de la universidad y afrontando la realidad laboral inestable y precaria que afecta a una buena parte de los jóvenes recién egresados, tenía que arreglármelas como fuese para poder equipar todo de la mejor forma posible.

El desafío no fue fácil, ya que uno de los aspectos más importantes era cuidar la personalidad de los espacios; que transmitieran, en cierto sentido, mi identidad más íntima, ofreciendo una lectura que no sólo invite a disfrutar una armonía, sino que a su vez fuese capaz de atesorar momentos y guardar simbolismos que pudiesen tener que ver con distintas etapas de mi vida.

Consideré mezclar mobiliario que ya tenía con cosas nuevas para generar un ambiente que tuviese señas de identidad personal y familiar con elementos frescos y en línea con las últimas tendencias.

 

Por otro lado, a la hora de adquirir cosas nuevas, tuve la enorme suerte de que ese año por una serie de procesos macroeconómicos, el consumo había sido menor a lo previsto por el gremio comercial y, por lo tanto, había muchas ofertas atractivas.

 

 

Habitando el barrio: el desarrollo de un sentido de territorio

 

Haciendo un recorrido desde la escala de menor a mayor detalle, el primer punto que debo resaltar es el familiarizarse con un nuevo entorno. Cuando pensamos en el arte de habitar y de concebir un nuevo hogar, es esencial no quedarnos en la idea de caja cerrada con un interior lleno y un exterior vacío. Los hogares, de una u otra forma, generan interacción con su entorno, e incluso, si la relación llega a ser estrecha, muchas veces nuestro barrio puede convertirse en una prolongación de nuestra vivienda.

Quizás en el Santiago del siglo XXI sea poco común, sin embargo, en otros contextos temporales y geográficos, los barrios han jugado un rol esencial en la configuración de la identidad y la personalidad de quienes los habitan, generándose lazos y estrechos tejidos sociales que pueden durar toda una vida.

Después de haberme criado y vivido mi adolescencia muy lejos del centro de Santiago, trasladarme a una pequeña ciudad al norte de España me hizo cambiar completamente la escala de valores que se le asignan a la localización. En Chile –y particularmente en Santiago-, al haber tanta distancia entre grupos sociales, tenemos una segregación muy marcada que hasta hace muy poco nos impedía ver los verdaderos valores que debe reunir un barrio para definirse como tal. Muchas familias priorizaban más un nombre rimbombante y el acceso a una autopista, por sobre una alta dotación de servicios, espacios públicos de calidad, comercio de cercanía y patrimonio tanto sólido como líquido.

Desarrollar un sentimiento de identidad en un barrio con el cual no tenías una conexión previa no es una tarea fácil. De hecho, uno de los mayores argumentos que tenemos los urbanistas para oponernos a las erradicaciones de asentamientos informales tiene que ver con las redes que las personas van desarrollando a través del tiempo y el sentido de pertenencia que tienen con ese territorio.

En mi caso personal, la experiencia espacial la he construido a través del ejercicio de recorrer. Todos los domingos por la tarde, si es que no tengo otra actividad, voy a dar una vuelta sin rumbo que me permita descubrir nuevos rincones, pequeñas plazas para sentarse a leer un libro, alguna tienda, café o negocio interesante. A pesar de estar en un sector muy denso, con torres con muchos departamentos donde probablemente lo último que se produce es vida de comunidad, el comercio “de barrio” y su fidelidad asociada ha permitido que hoy pueda saludar a unas cuantas personas por su nombre cuando camino de la estación de metro a mi casa.

 

 

Habitar el pasado: una lectura desde la identidad personal

 

Desde mi concepción, la identidad de una persona se construye a partir de tres elementos: las raíces ancestrales, que entre otras cosas, nos aportan la cosmovisión, el temperamento y la cultura; la formación y los valores inculcados en nuestra infancia más temprana; y en cómo nos proyectamos a futuro. A estos aspectos internos, se suman otros externos, que tienen que ver con cómo queremos que nos reconozca la sociedad en la cual nos desenvolvemos y que, por lo tanto, influyen directamente en muchas de las decisiones que tomamos, sobre todo a la hora de pensar en el consumo de objetos que exteriorizan o representan nuestra forma de vivir. Por muy banal y superficial que suene, elegir una determinada marca no siempre tiene que ver con la calidad asociada al producto que estamos adquiriendo, sino que a los valores que transmite esa firma, y por lo tanto, también pretendemos transmitir nosotros. Bajo esta lógica, una persona que compra su ropa en la feria y que se encarga de exteriorizarlo, probablemente nos está dando un rico relato de su personalidad, deseando hacer visibles valores como el ahorro, el reciclaje y el comercio local.

Mis raíces ancestrales son probablemente el elemento más visible en mi hogar. Mis orígenes son tremendamente variados: la Alta Silesia que le arrebató Polonia a Alemania, la región del Egeo disputada entre Turquía y Grecia, la Transilvania húngara, la Berlín dividida y la región histórica de Bucovina en Ucrania. Por este motivo, tengo un interés enorme en reconstruir mi propia historia, lo que me ha hecho valorar pequeños objetos que he rescatado de herencias: de mi abuelo materno una biblioteca fruto de su carrera como interiorista, unos candelabros sesenteros que fueron su proyecto de título, porcelana Bavaria, una máquina de escribir de los años cincuenta y un baúl tallado a mano en la China de los años treinta. De mi abuela paterna, un juego cuchillería de plata con las iniciales de mi bisabuela grabadas. De una tía bisabuela, llegó una maleta de cuero de los años setenta, en color verde, que representa probablemente uno de los elementos más simbólicos de lo que significa migrar.

 

 

Habitar el presente

 

Todos los objetos heredados no eran suficientes para poder equipar por completo un nuevo hogar. El presupuesto era acotado, por lo que opté por cachurear en el retail masivo. Mis amigos me hacen bromas con que tengo una especie de radar de ofertas ridículas, el cual activé en todo su esplendor, logrando una selección de artículos más o menos interesante. A lo anterior, sumé algunas baratijas de ferias libres, mercados, bazares, otras recogidas de la calle y adornitos que traje de uno que otro viaje.

Mi presente incluye el amor a las plantas y la pasión por la geografía y el urbanismo. Estos dos elementos están absolutamente presentes con un material vegetal abundante y cuadros con ilustraciones de tejidos urbanos. Unos cojines con la silueta de la mancha urbana de Santiago también aportan a la cristalización de esos intereses.

La cocina, al igual que la mayoría de los espacios, no se caracteriza por su amplitud. Pero al menos cuenta con todos los elementos necesarios para poder innovar cada semana con una nueva receta, pudiendo desarrollar otra de mis pasiones.

 

La relación entre el interior y el exterior

 

El balcón es probablemente el espacio más pequeño, pero a su vez, el más querido. He abusado de su tamaño y lo he recargado con plantas y adornos. La silueta de la Cordillera de los Andes y otros hitos de la ciudad como el cerro San Cristóbal le brindan una mística especial. Aquí reinan especies mediterráneas y una paleta de colores que combina los azules con el blanco.

Para quien vive en departamento, el balcón es el único espacio de transición entre la ciudad y el interior, dando una doble lectura: la visualizar el paisaje que la ciudad nos ofrece y la de exhibirnos: tomando una copa de vino o un café, leyendo el diario, trabajando o regando las plantas. En Chile hay una tremenda sub-utilización de estos espacios, que en muchas casas se usan como trasteros o para meras funciones domésticas como colgar la ropa. Situación totalmente opuesta a la que experimentan otros países con climas similares, donde el balcón no sólo es un espacio protagonista, sino que también un vector de interacción con la calle.

 

En Grecia, gente anónima que camina por la calle, conversa con quienes están sentados en sus balcones. Algo que nunca dejará de impresionarme y parecerme fascinante.

 

Uri Colodro
Geógrafo y Licenciado en Geografía, Pontificia Universidad Católica de Chile. Candidato a M.Sc. en Gobernanza de Riesgos y Recursos, Ruprecht-Karls Universität Heidelberg. Sus mayores áreas de interés corresponden al ámbito de la geografía urbana, social y

 

Uri Colodro
Geógrafo y Licenciado en Geografía, Pontificia Universidad Católica de Chile. Candidato a M.Sc. en Gobernanza de Riesgos y Recursos, Ruprecht-Karls Universität Heidelberg. Sus mayores áreas de interés corresponden al ámbito de la geografía urbana, social y cultural. Dedicado a la investigación y la consultoría. Lector apasionado y escritor de medio tiempo. Libera tensiones en la cocina y saliendo a dar paseos por la ciudad.

Mail: jucolodr@uc.cl